¿Quién soy? Más allá del espejo y del currículum
Gracias Dios por permitirme escribir un día más.
Hace unos días publiqué en LinkedIn una reflexión titulada “El poeta que decide trabajar en un banco”. Entre los comentarios apareció Lu Martelli, (una gran amiga) quien — después de elogiar el texto — dejó caer una pregunta que me heló y, al mismo tiempo, me encendió:
«Hermoso leerte, Gastón… pero, si no recurrieras al CV, ¿quién sos?»
Aquel dardo suave todavía vibra en mi pecho y es la chispa que detona estas líneas.
1. La pregunta que desarma
Hay una pregunta clave, una que nos saca de la comodidad de las definiciones automáticas. No busca lo que dice nuestro currículum ni lo que pulimos para un perfil de LinkedIn. Es más simple, más directa y, por eso mismo, infinitamente más compleja: ¿Quién sos?
Es una pregunta bisagra. A lo largo de la vida, su respuesta va tomando matices distintos: a veces luminosos y llenos de certeza; otras, un nudo en la garganta. Es la eterna búsqueda del Ser que habita un cuerpo, ese cúmulo de energía que necesita, de alguna manera, salir al encuentro de un otro y descubrir el color de su propia unicidad.
Responderla exige un nivel de conciencia muy alto. Nos invita a un debate filosófico personal, un viaje que puede empezar en Platón y terminar en el silencio de nuestro propio reflejo.
2. El reflejo inmediato: la trampa de las etiquetas
El primer impulso al enfrentarnos a esta pregunta es ponernos delante del espejo. Pero no un espejo cualquiera, sino uno sin investiduras, sin medallas ni coronas. Es simplemente un cuerpo reflejando a otro, y una mente que se apresura a hacer lo que mejor sabe: asociar, etiquetar y construir una realidad basada en sus propias experiencias y creencias.
Y entonces, la respuesta automática brota casi sin pensar.
Cuando alguien pregunta ¿quién sos?, el guion preestablecido se despliega: la edad, el lugar de nacimiento, la composición familiar, la profesión, el trabajo actual, quizás algún proyecto. Es una estructura casi universal: empezamos por la raíz — la infancia — para luego saltar al presente a través de los vínculos más fuertes (la familia, las mascotas) y los roles que desempeñamos.
El problema es que este ejercicio nos lleva a una disociación. Se abre una brecha entre la razón, con sus atajos y etiquetas, y la sensación profunda de lo que realmente somos. No es que esos datos sean mentira, pero son solo el contorno, la silueta. ¿Son nuestras raíces y nuestros vínculos todo lo que nos define?
3. Desmontando la respuesta: ¿qué hay detrás de las etiquetas?
Esa lista de respuestas automáticas — raíces, vínculos, roles — es un mapa, pero no es el territorio. Son etiquetas que nos ayudan a navegar socialmente, pero ¿qué sucede cuando las examinamos de cerca, una por una?
Las raíces son nuestro punto de partida. El lugar donde nacimos, la historia de nuestra infancia… sin duda, son los cimientos sobre los que construimos nuestra vida. Nos dan un contexto y una base. Pero, ¿un edificio es solo sus cimientos? ¿Cuánto de lo que somos hoy es una evolución, o incluso una rebelión, contra ese origen? Las raíces nos anclan, pero no definen hasta dónde pueden crecer nuestras ramas.
Los vínculos nos nombran e interpelan. Somos el hijo de alguien, la madre de otro, un amigo leal, la pareja de una persona. Nos definimos en relación a los demás, y es en esa interacción donde muchas facetas de nuestro ser cobran vida. Pero, ¿quiénes somos cuando se apagan las luces y estamos solos con nosotros mismos, sin nadie que nos refleje? Esa identidad relacional es vital, pero es solo una parte del cuadro.
Los roles completan el tríptico. “Soy médico”, “soy artista”, “soy corredor”. Son etiquetas poderosas que nos dan un propósito y una función en el mundo, pero también son las más frágiles. ¿Qué sucede si perdemos ese trabajo? ¿Si una lesión nos impide correr? ¿Si un bloqueo creativo nos aleja del arte? Identificarnos por completo con lo que hacemos es poner nuestra identidad en manos de circunstancias que, a menudo, no controlamos.
Cada una de estas etiquetas es un hilo que teje el tapiz de nuestra vida, pero la identidad es el tapiz completo, no un solo hilo. Son parte de la respuesta, sí, pero la pregunta ¿quién soy? apunta a algo más profundo, a aquello que permanece cuando todo lo demás se quita.
4. La conexión interior: un puente práctico hacia adentro
Si nuestras raíces, vínculos y roles no son la respuesta completa, ¿cómo empezamos a buscarla? La identidad no es una definición que se encuentra, sino un camino que se construye. Y como todo camino, se empieza con un primer paso.
Mi propio puente se sostiene sobre tres piedras que no estoy dispuesto a negociar: integridad, valor y resiliencia. La integridad me recuerda que el acto y el latido deben rimar; el valor se sienta a mi mesa cuando el miedo insiste en quedarse de pie; la resiliencia — maestra severa — me enseña que cada quiebre puede volverse vértice de crecimiento.
Al caer la tarde busco a la persona ante quien no necesito máscara. A veces es un mate con un amigo; otras, el silencio cómplice de mi perro. Observo qué versión de mí brota cuando nadie espera un personaje. Y cada noche, antes de que el sueño nos reclame, mi pareja y yo apagamos las luces y repetimos el ritual de siempre: «recuerda dar las gracias». Esa contraseña, pronunciada a oscuras, abre la puerta donde todo cabe y todo se asienta.
En esos intervalos descubro algo que no figura en tarjetas de presentación: un hilo de autenticidad que late incluso cuando las etiquetas duermen.
El puente hacia vos
Este viaje de autodescubrimiento puede ser profundo y revelador, pero no siempre es fácil recorrerlo en soledad. A veces las viejas etiquetas se resisten a caer o las nuevas respuestas tardan en aparecer. Contar con un espejo externo — alguien que te ayude a formular la pregunta precisa — puede marcar la diferencia.
Si sentís el hormigueo de explorar tus propias respuestas, escribime hoy mismo. Compartime la pregunta que te desvela, el traje que querés soltar, la palabra que todavía te falta. Respondé a este correo → gastonmaron@gmail.com y conversemos. Prometo volver con la misma integridad, valor y resiliencia que sostienen este texto.
Sea cual sea el sendero que elijas, el primer paso ya lo diste al llegar hasta aquí. El viaje ha comenzado.