“Igual que el poeta que decide trabajar en un banco”
Gracias Dios por permitirme escribir un día más.
- ¿Puede un número habitar en un verso?
- ¿Qué sucede cuando la vocación desborda la etiqueta?
- ¿Y si tu mayor activo fuera esa sensibilidad que intentás ocultar?
El arte y la tecnología, la métrica y el sentimiento, tienen mucho más en común de lo que aparentan. Son lenguajes distintos para explorar el mismo universo: el nuestro. Cada persona puede transitar los caminos que desee, y todos esos senderos, por más divergentes que parezcan, inevitablemente conducen al centro del ser.
La sociedad, en su afán por la eficiencia, nos asigna etiquetas para ahorrar el tiempo que implica conocer a alguien: “sos ingeniero”, “sos analista”, “sos técnico”. Pero cuando te atrevés a componer una melodía fuera de esa partitura asignada, resuenan los juicios: “estás loco/a”, “eso no va de acuerdo a tu perfil”.
Es como si vivir pudiera caber en una ficha técnica o en un CV.
Es precisamente en ese espacio — en el deseo de las cosas imposibles — donde la verdadera magia puede hacerse realidad. En las búsquedas internas, casi siempre hay pendientes creativos que relegamos para un futuro incierto, para “cuando haya tiempo”.
Pero el tiempo es ahora.
Permitir que florezca la raíz sensible que todos llevamos dentro es una decisión revolucionaria. Cuando esa parte nuestra gira libremente buscando el sol, la performance profesional, la creatividad y la productividad se elevan, porque esa semilla empieza a dar frutos dulces justo donde estamos parados.
Dejarla estar, adormecerla o, peor aún, reprimirla, no tiene ningún sentido. Al hacerlo, estamos silenciando la única voz que puede ofrecernos una pausa genuina en este mundo que gira a altas revoluciones por minuto.
- Es el impulso de pintar un cuadro y mancharse las manos de pigmento.
- Es la tinta en los dedos después de una tarde de escritura.
- Es pensar en esa nota esquiva con la guitarra o afinar la voz mientras el agua de la ducha nos limpia el día.
Toda expresión artística, por incipiente que sea, cuando se desarrolla, nos hace trabajar y, sobre todo, vivir mejor. No permitamos que el ruido externo ni las etiquetas autoimpuestas opaquen o nos arrebaten la luz del Creador que habita en cada uno de nosotros. Esa es tu herramienta más poderosa, tu diferencia competitiva, tu ancla a tierra.
Porque al final, lo que se mide puede mejorar pero lo que se siente es lo que verdaderamente transforma.
Si esta reflexión resonó con vos, si alguna vez sentiste que había algo valioso en vos que no entraba en ningún casillero, te invito a seguir leyendo y conversando sobre estas ideas.