Cómo convertí la depresión en palabras que me devolvieron a mí mismo

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Cómo convertí la depresión en palabras que me devolvieron a mí mismo

El vacío pide letra, y yo no sé negársela.

Hay días en los que el cuerpo se rompe y con él se quiebra también una parte de la vida. Puede ser una rodilla, una espalda, un insomnio persistente. El cuerpo avisa, pero el alma tiembla. Y aparece esa pregunta antigua: ¿dónde está mi lugar?

A mí me pasó a los dieciséis, cuando la rodilla me dejó postrado. No fue solo el dolor físico. Tenía la certeza de que muchos de los que estaban cerca lo hacían por conveniencia. Las visitas duraban poco, los mensajes por Messenger eran cada vez más distantes, y yo quedaba en una cama con la sensación de que el mundo seguía y yo me había quedado atrás.

La soledad se presentó como madre. Las tristezas, como hermanas. Se instalaron conmigo y todavía hoy las reconozco cuando regresan. A veces se quedan quietas, otras veces se burlan. Una vez me dijeron: “¿Quién te ha dicho que escribes poesía?”. Y yo, que buscaba refugio en las palabras, terminé dudando de mi propia voz.

Con los años, descubrí que esa escena se repetía. No siempre con la rodilla, pero sí con las caídas internas. Cada vez que sentía que algo en mí se apagaba, volvía a ese casillero. El círculo parecía inevitable: deseo, burla, retraimiento.

La voz interna que me ataca no siempre es mía. Muchas veces es eco de otros: compañeros de escuela, exigencias familiares, risas que censuraban la sensibilidad. Pero suena tan adentro que a veces la confundo con mi propia conciencia.

El vacío se instala en el pecho como hueco. En la garganta como nudo. No me deja respirar, aunque me deja escribir. Y escribir se vuelve otra forma de respirar.

Tal vez a vos no te pasó con una rodilla, pero sí con un duelo, con una pérdida, con una traición. Cada quien tiene su propio casillero repetido. Ese lugar al que vuelve una y otra vez, como si no hubiera salida.

La depresión se parece a eso: a sentir que no importa cuánto avances, siempre terminás regresando al mismo punto. Podés disfrazarlo con ocupaciones, con rutinas, con palabras lindas. Pero el círculo está ahí, esperando que te descuides para volver a atraparte.

Durante mucho tiempo, creí que la condena era repetida. Ser empujado al mismo lugar de silencio y sombra. Pero un día, en medio del hueco, algo habló. No fue la burla ni la exigencia. Fue otra voz.

Me dijo: “Recordala. Ella es raíz. Todo lo que hacés es para volverla a abrazar.”
Era mi abuela. O mejor dicho, era la memoria de su ternura haciéndose palabra en mi interior.

Comprendí entonces que el vacío no era solo enemigo. Era raíz. Era un espacio fértil. Un lugar desde donde podía crecer otra voz. No la del perfeccionismo ni la de la culpa, sino la del cuidado. Una voz que simplemente me susurraba: “Tranquilo, hijito. Ya va a pasar. Tu abuela está acá.”

El círculo no desaparece de un día para el otro. Todavía vuelvo a sentir que el pecho se ahueca y que la garganta se cierra. Todavía escucho las burlas del pasado disfrazadas de pensamientos propios. Pero ahora, junto a esa voz castigadora, aparece otra. Una voz que me invita a recordar quién soy, que me devuelve a la raíz.

Y entonces entiendo que escribir no es un escape, sino una forma de volver. Que el vacío no pide ser negado, sino escuchado. Que la soledad no siempre destruye: a veces abraza.

De tantas preguntas y silencios, de tantos intentos de salir y volver a entrar, quedó este poema.


El vacío pide letra

La soledad me bautizó madre,
y me dio por hermanas a las tristezas,
que me ofrecieron su mesa vacía.

En el frágil cuerpo se quebró
al igual que la compañía.
Los amigos se fueron,
Dios se quedó en un silencio.
Un silencio que abrazaba.

Desde entonces,
el pecho se ahueca,
la garganta se anuda,
y escribo.

Porque en el hueco habla ella,
bordando paciencia con hilo de ternura.
Y en cada sonrisa de ella cuando escribo
regreso a mí mismo.

El vacío pide letra
y yo no sé negársela.